Sobre la riqueza de las naciones y la realidad argentina

Por Sisto Terán Nougués

Un filósofo escocés llamado Adam Smith dedicó parte sustancial de su existencia a la redacción de un libro que le conferiría un sitial preponderante en la historia del pensamiento mundial. En 1776 publicó “Una investigación sobre la naturaleza y la causas de la riqueza de las naciones”.

Esta obra daría lugar al nacimiento de lo que hoy consideramos la ciencia económica clásica. No es que anteriormente los seres humanos no se hayan relacionado en términos económicos, es que por primera vez alguien se tomó muy en serio el hecho de investigar las causas probables que constituían la razón eficiente que determinaba la riqueza de los pueblos, y ese intento sistémico fue el puntapié inicial de estudios que se desarrollaron en los últimos siglos de la humanidad, todos con la pretensión cientificista de entender el esquema de causas y efectos que debían regir los intercambios de bienes entre las personas y los países.

Es de destacar el hecho de que Adam Smith era un filósofo, un moralista, que aplicó a su trabajo el calificativo de “investigación” y que usó para su elaboración métodos de observación y deducción típicos del pensamiento filosófico. En su ánimo no estaba el conformar el hito fundacional de una ciencia, pero las circunstancias políticas del momento le confirieron ese carácter tan trascendente.

Desde ese momento, y bajo distintas perspectivas conceptuales, el debate económico surgió como un imperativo histórico cada vez más sofisticado y exigente. El intento de aplicar a la economía reglas o leyes como si se tratara de ciencia dura y no de análisis del comportamiento humano, cuya esencia es la imprevisibilidad, continúa esforzadamente hasta el día de hoy. Las corrientes de pensamiento pugnan por ganar la discusión teórica y el debate no es neutro, revoluciones y guerras matizan el escenario mundial, por no hablar de los recurrentes quebrantos que afectan las economías de los países.

Creo que es muy importante volver a investigar sobre el origen de la riqueza de las naciones. Y propongo una sencillez analítica, desprovista de dogmatismos para llegar a delinear cuestiones esenciales que nos sirvan para proponer proyecciones futuras para el diseño de la Argentina como un país apto para lograr el mejor aprovechamiento de sus potencialidades.

Obviamente no puedo dejar de considerar que los mecanismos habituales para la consolidación de un poderío económico a lo largo de la historia han sido tres: Las guerrascon el disfrute de sus sangrientos botines, las explotaciones imperiales de las riquezas de las colonias sometidas políticamente, y el comercio de bienes y servicios.

Descartados los dos primeros por razones obvias, la Argentina no es un país guerrero ni tiene colonias o pretensiones imperiales, nos queda centrarnos en el tema del comercio de bienes y servicios.

Nuestras bienes tienen dos orígenes:o son el producto de la materia prima de nuestros suelos, o resultan del valor agregado que le incorporamos a través de la industria o habilidad de nuestros ciudadanos.

A los primeros llamamos nuestras riquezas naturales, y a los segundos nuestracapacidad productiva, esto es, lo que somos capaces de idear y producir con lo que tenemos.

El historiador Felipe Pigna nos informa en una notaque adjunto, que ya Manuel Belgrano en el lejano año 1802, antes del nacimiento de nuestra patria, presentó al consulado una Memoria en la que afirmaba:

Con total claridad Belgrano nos insta a industrializar nuestras materias primas y no exportarlas en su calidad primaria, para no perder la renta que implica el valor agregado de la manufactura.

Como una consecuencia colateral de su pensamiento surge que nuestra riqueza nacional consistirá en nuestra habilidad de aprovechar al máximo nuestras riquezas naturales, mejorándolas y sacándoles el máximo provecho posible.

Ahora bien, la materia tiene un carácter finito que hace imperativo administrar con inteligencia su utilización. Hay riquezas que se denominan “extractivas”, porque consisten en extraer materia que no se renueva y venderla obteniendo un beneficio económico concreto. Otras tienen un carácter “renovable” y las hay que pueden ser rotuladas con el adjetivo de “productivas”.

Una economía inteligente no desecha ningún método de aprovechamiento de sus riquezas. Al contrario, tiende a crear las condiciones racionales para su mejor explotación.

Y debe poner un especial énfasis en un cuidadoso sistema de utilización de sus recursos no renovables, aquellos que una vez extraídos, dejan de existir.

Extraer lo que no se renueva es como gastar nuestros ahorros. Debemos hacerlo, por necesidad o deseo, pero a sabiendas de su carácter finito, y eso nos obliga a tomar recaudos para hacerlo de la manera más beneficiosa.

En cuanto a la capacidad de nuestros ciudadanos para producir bienes, es dable entender que no basta con quedar librados al mero talento individual de los argentinos, sino que ese talento tiene que ser protegido y estimulado.

Es necesario propender a un sistema de educación pública de acceso universalque potencie el conocimiento y establezca bases accesibles de información e instrucción que hagan posible que sean cada vez más nuestros connacionales con la posibilidad de participar eficazmente en nuestros circuitos productivos.

Ha de haber sistemas de salud pública vigorosos que cuiden a nuestros niños desde la más tierna edad, esa en la que se constituyen y consolidan la nutrición y fuerza de nuestros circuitos cerebrales. Niños sanos se transforman en jóvenes potencialmente fuertes y preparados para insertarse en el mundo económico.

Un sistema productivo requiere reglas de juego claras y sostenidas en el tiempo, con un sistema judicial ágilque resuelva en tiempo y forma los conflictos entre los ciudadanos, y con un esquema tributario simple, de acceso sencillo y comprensible, y brindando posibilidades racionales de la existencia de una competencia simétrica, con especial cuidado en crear condiciones lógicas de desarrollo de nuestra capacidad de producir bienes al menor costo posible.

Los viejos liberales, al estilo de mi admirado comprovinciano Juan Bautista Alberdi, querían un Estado con la mirada puesta en una eficaz administración de justicia y una dedicación especial en materia de seguridad, educación y salud pública. Sarmiento se hizo célebre con su ímpetu educativo incorporando una escuela pública en cada confín de la patria.

El radicalismo con la gesta de la Reforma Universitaria sentó las bases del sistema de educación superior más importante y fructífero de toda Latinoamérica.

El peronismo apuntaló los programas de salud pública más formidables de su tiempo gracias al esfuerzo y la enjundia del santiagueño Ramón Carrillo que alguna vez apuntó algo tan razonable como esta frase:

También el peronismo fue principal propulsor de la industria nacional con planes ambiciosos que fueron perfilando el advenimiento del industrial argentino.

Esta secuencia histórica pluripartidaria reseña brevemente los hitos fundacionales de los consensos básicos que los argentinos fuimos asumiendo como propios.

Llegados a este punto, podemos decir con simpleza que la riqueza argentina tiene, o debe tener como fuente lógica, un aprovechamiento inteligente de sus recursos naturales y un apuntalamiento de sus aptitudes productivas.

Extraer de manera inteligente y producir de forma eficiente.

La consigna es tan elemental que parece mentira como estamos dinamitando las bases de nuestro propio crecimiento económico.

Una oposición fundamentalista a la extracción de nuestros recursos no renovables, es insensata. Pero aún más gravosa para los intereses nacionales es admitir una explotación extractiva incondicionada, sin exigir los cuidados ambientales del caso, y, peor todavía, sin obtener los razonables beneficios que nuestro pueblo debería gozar por la utilización de sus riquezas materiales.

Es absurdo consentir que se obligue a los argentinos a pagar precios superiores por bienes que otros producen más baratos. Pero aún más irracional es destruir todo el tejido industrial que ha costado décadas instalar, aniquilando la capacidad instalada y destruyendo fuentes de trabajo que no podemos reconstituir con facilidad, ni siquiera en un mediano plazo.

Es obvio que necesitamos una industria nacional fuerte y competitiva, y es entendible que deban revisarse fundamentos que dieron lugar a situaciones abusivas que redundaron en privilegios sectoriales inadmisibles para unos pocos. Por eso todo el proceso de definición del perfil de la nueva industria argentina no puede hacerse prescindiendo de la capacidad instalada existente. Lo que existe no puede deshacerse abruptamente y sin meditar las consecuencias sociales que este tipo de experimentos implica.

Adicionalmente creo importante señalar que la riqueza de las naciones es un objetivo deseable solo si representa además una mejoría notable de las condiciones de vida de sus habitantes y una participación de la mayor cantidad de personas en el goce de los beneficios existenciales que nos prodigaría esa prosperidad nacional.

La hipótesis de un crecimiento del Producto Bruto Interno es socialmente ineficaz, si se traduce en más riqueza para pocos y empobrecimiento generalizado para muchos. YaLeón XIV en su encíclicaMagnifica Humanitasnos insta a dejar de usar el PBI como único elemento de medición del bienestar de un país, para dirigir nuestra mirada hacia el ser humano, objetivo esencial de toda política que se considere moralmente positiva.

Crecer destruyendo nuestra clase media y asfixiando nuestra industria y nuestras Pymes mientras generamos la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo y ocasionamos una formidable desinversión en materia de educación, salud, seguridad, justicia, ciencia y obra pública, no parece ser algo que merezca ser calificado de inteligente.

En la Argentina actual, hija de la polarización y los fanatismos dogmáticos, estamos vulnerando estrategias racionales para generar un crecimiento económico ordenado e inclusivo.

En una nota de Infobae del 16 de junio de este año 2026 se resume una participación del ex ministro de economíaDomingo Cavallodonde expresa su preocupación y nos dice que “Es un error otorgar privilegios a ciertos sectores en lugar de buscar un tratamiento igualitario para toda la economía. Los regímenes diferenciados alteran las condiciones de competencia y debilitan la estructura productiva general del país”.

Cavallo cuestiona los privilegios fiscales del RIGI

Retomando el hilo de esta nota, podemos decir que, para Cavallo (insospechado de estar contaminado de kirchnerismo), estamos propiciando políticas extractivas insensatas y destruyendo nuestras potencialidades productivas.

En lo personal no me opongo a los incentivos fiscales. Es más, creo que muchas veces son necesarios. Pero siempre deben tener características que transparenten con claridad el propósito del beneficio, y una estimación muy contundente de la cuantificación positiva para el estado nacional de la política implementada.

Perdonar impuestos es una política que disminuye ingresos fiscales, y, por ende, contribuye a dificultar las metas de equilibrio fiscal que tanto se pregonan. Si yo dispenso a alguien del pago de sus tributos, es evidente que lo estoy favoreciendo en relación a otras actividades y que el país hace un sacrificio de rentas para contribuir al desarrollo de un sector específico. Es por eso fundamental ser muy cuidadosos cuando se otorgan estos privilegios, y deben los funcionarios velar particularmente por los intereses comunes, en especial de los ciudadanos argentinos que se dedican a actividades similares o complementarias y la de los habitantes aledaños a las zonas de extracción.

Alberto de Filippis es un periodista italiano dedicado al análisis geopolítico internacional y en una reciente columna de su canal de difusión empieza agresivamente diciendo que “los argentinos son incompententes, tan incompetentes que la explotación de cobre en la cordillera sanjuanina ha decidido importar una ciudad entera de China hacia la zona del yacimiento”. En realidad, se rectifica, esto es mentira. La industria argentina, que en pandemia demostró ser capaz de construir hospitales en menos de cuarenta días, tiene toda la capacidad para hacerlo, pero no puede competir en condiciones de igualdad.Y esto sucede porque los chinos tienen subsidio de su estado, y subsidio del estado argentino. O sea, no pagan impuestos, mientras que los argentinos sí tienen que pagar. Según el analista,“hemos inclinado la cancha para perjudicar a los empresarios nacionales”.

Es imposible competir contra quien no paga impuestos. Para colmo, los chinos fabrican en su país, con mano de obra local, y solo ensamblan lo fabricado, por lo que sería como que el Estado argentino está subsidiando mano de obra extranjera y perjudicando directamente la mano de obra argentina. El video no tiene desperdicio, y si alguno tiene la paciencia de escucharlo en toda su extensión de unos doce minutos se habrá ilustrado de un tema que resulta preocupante. Adjunto video.

Unos amigos míos acaban de retornar de visitar Vaca Muerta. Quedaron impresionados por la magnitud de una inversión formidable, digna de elogio y producto de una política de estado sostenida por gobiernos de tres signos diferentes. Pero también me destacaron el estado lamentable de la ruta que conecta las ciudades de Neuquén y Añelo en las inmediaciones de Vaca Muerta. Y recabaron el malestar de los lugareños al ver que los beneficios siderales de la explotación de las tierras que los vieron nacer no han expresado una real mejoría de su situación de vida. Al contrario, la irrupción de personas con salarios elevados para la zona ha producido un encarecimiento del costo de vida y una suba importante en la valuación de las propiedades, que dificulta el acceso a un inmueble a los habitantes del lugar.

Ambos ejemplos, el comentario del analista italiano, y la experiencia vivencial de mis amigos, nos informa de un manejo descuidado de la negociación con quienes explotan nuestros recursos nacionales, o un no adecuado aprovechamiento de los nuevos recursos fiscales que esto implica por parte de la provincia y la nación.

De nuevo aquí, extraemos sin inteligencia y destruimos la competitividad de nuestro sistema productivo, todo sin mejorar las condiciones de vida de la gente del lugar.

El país y el mundo están atravesando un período de cambios económicos y científicos vertiginosos, quizás nunca antes vistos en la historia de la humanidad que nos van a enfrentar a desafíos novedosos que han llegado para quedarse y modificar la faz del mundo y la historia de la humanidad.

Este hecho singular requiere una conducción política informada, buena negociadora y defensora de los intereses de nuestros ciudadanos, y muy perspicaz a la hora de diseñar estrategias de aprovechamientos de nuestros recursos naturales.

Javier Milei evidentemente carece de ese perfil racional. Imbuido de un dogmatismo fanático, no duda en entregar al extranjero todas nuestras riquezas con una desaprensión que asusta, inclusive desinteresado absolutamente de la defensa de nuestros derechos soberanos. No demuestra empatía alguna ni por los empresarios, ni por los trabajadores, ni por los ciudadanos argentinos en general. Empapado de un mesianismo que denota ciertos complejos psíquicos, vive empeñado en autoimaginarse epicentro del quehacer mundial y nos envuelve en su dialéctica agresiva y desquiciada.

Urge reconducir los destinos de la Nación hacia senderos más previsibles y razonables. La macroeconomía no es un dios sagrado en cuyo altar debamos sacrificar forzosamente cientos de miles de personas, casualmente los más desprotegidos del sistema. Milei nos propone un país sin industria, una política de extracción de recursos no renovables sin controles de ningún tipo, y una sociedad construida para beneficiar los intereses de los más poderosos, mientras al mismo tiempo insulta a nuestros empresarios, periodistas, artistas, médicos, universitarios y científicos.

Es hora de poner el esfuerzo en la construcción política de un espacio racional que represente una administración equilibrada de los recursos públicos, pero que a la vez demuestre una aptitud eficaz para defender las fuentes de nuestras riquezas y que esos beneficios se extiendan lo mejor que se pueda a favor de todo el conjunto social.

Mientras pregono estos postulados advierto con tristeza queel peronismo, la fuerza política a la que estoy afiliado, está envuelto en una batalla intestina de una mediocridad espantosa. Todo lo contrario de lo que exige el momento histórico que vivimos. La exhibición de viejas caras con un mensaje dirigido a incentivar las confrontaciones internas y la incapacidad absoluta demostrada hasta ahora para elaborar un mensaje superador de la propuesta mileísta, asustan. Es más, diría que ni siquiera han desarrollado hasta el día de hoy una labor opositora importante. Subsumidos en compartimentos estancos, gobernadores, intendentes y dirigentes políticos partidarios hacen cada uno la suya y juegan al sálvese quien pueda.

Pero no pierdo la esperanza. La argentinidad tiene con total seguridad las reservas morales que permitirán el surgimiento de una nueva conducción que exprese el nacimiento de una nueva esperanza. Tengamos mucha fe, en algún lado de la República están ya preparándose sin lugar a dudas los consensos necesarios para conformar una alternativa electoral potencialmente ganadora que nos aleje de la violencia y la intemperancia en que estamos sumidos en la actualidad.