No alcanzó con la alfombra roja que el personal de protocolo del gobierno de los Estados Unidos le tendió el lunes a Javier Milei en el ingreso a la Blair House, la mítica residencia para los huéspedes de honor que fue adquirida en 1942 por la administración de Franklin Roosevelt después de las reiteradas visitas de Winston Churchill. Tampoco bastó el encuentro del martes con Donald Trump en la Casa Blanca ni con la inédita compra de pesos que volvió a hacer el Tesoro norteamericano para que no se disparara la cotización del dólar. Milei atraviesa días de estrés y nerviosismo político. Son escasos sus tiempos de paz y de reflexión aguda. Su habitual ansiedad se ha trasladado al seno del Gobierno y entorpece la campaña electoral y el ejercicio cotidiano del poder. Uno de los integrantes del Gabinete lo define así: “Algunos tienen miedo hasta de hablarle”.
El Presidente se rodea, más que nunca, de unos pocos confidentes. A ellos les da a entender que se vienen cambios para después de las elecciones legislativas del domingo, aunque no abunda en detalles. Apenas Karina, la secretaria general, estaría al tanto de todo. La hermanísima habla poco en las reuniones grupales, a veces nada. Pero se reserva las opiniones, que en algunos casos son sentencias, para cuando se queda a solas con el líder libertario. “Prefiero ni saber lo que están hablando entre ellos. Si no me cuentan , no pregunto”, dice uno de los funcionarios más leales.
¿Qué tipos de modificaciones podrían anunciarse? Milei oscila, duda y, al mismo tiempo, maldice tener que correr detrás de los acontecimientos y de la presión a la que se ve sometido por sus aliados, el establishment y por lo que deslizan los mismos funcionarios cuando les ceden la palabra. No era lo que tenía en mente cuando, hace solo un par de meses, se jactaba de que el paso por las urnas sería un simple trámite y que para ganar alcanzaría con pintar de violeta la boleta, sin importar los apellidos ni las alianzas provinciales. Grave error.
El caso Spagnuolo, los cierres defectuosos en muchos distritos y el escándalo que involucró a José Luis Espert, sumados a la contundente derrota en la Provincia el 7 de septiembre y a la sensación de que la baja de la inflación resulta insuficiente para una porción del electorado, ensombrecieron el panorama. Los mercados, que ya antes del triunfo del peronismo en tierra bonaerense habían mostrado cautela, se tornaron impredecibles.
En el entorno presidencial se debate hoy si a partir del lunes 27 encararán un proceso de decisiones quirúrgicas o si será necesario entrar con la motosierra al corazón del Ejecutivo para reconfigurar la gestión del día a día y el circuito de toma de decisiones. Atrás quedó la luna de miel en la que el primer mandatario afirmaba que estaba enamorado de sus ministros y se aferraba a aquel viejo y exitista axioma futbolístico que sostiene que equipo que gana no se toca.

La preocupación general es que el Gobierno luce desordenado, conminado por internas que van de Karina a Santiago Caputo y de Caputo a los Menem. Lule, el asesor karinista, simuló apartarse de las reuniones tras las denuncias de Spagnuolo que lo involucraron como parte de un presunto entramado de corrupción con los recursos destinados a los discapacitados, mientras su primo Martín, que preside la Cámara de Diputados, trabaja para mantenerse en el puesto, cuyo mandato vence en diciembre.
Una diputada del PRO que se reunió con él días atrás salió disparada a contarle a Mauricio Macri las cosas que decía Menem de Caputo. Lo mismo había hecho otro diputado, sobre esa y otras internas, que dejaron azorado a Macri. Hasta le leyeron una serie de chats con insultos que tenían como protagonistas a varios dirigentes libertarios. Para Macri es inadmisible que un jefe de Estado no pueda controlar a sus discípulos.
Las versiones se multiplicaron el jueves, cuando Milei dijo en LN+ que Santiago Caputo pasará a tener un lugar preponderante en el Gabinete. La frase descolocó a sus funcionarios, incluso a Caputo, que estaba reunido con un gobernador y se enteró por un mensaje de WhatsApp. Se ve que algo intuía Guillermo Francos. Unos días antes había apuntado contra el gurú por ejercer un cargo sin responsabilidades. Caputo no tiene firma ni se expone, por ejemplo, a hacer declaraciones juradas.
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